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Proyecto de Investigación Santander-Universidad Complutense de Madrid (PR26/16-20330)

Esta página web responde a los trabajos realizados en la investigación sobre Evaluación del recuerdo y otros trastornos psicológicos asociados a trauma / Assessment of memories and other psychological disorders associated to trauma, desarrollado por el Grupo UCM de Investigación en Psicología del Testimonio (ref. 971672), en el marco del proyecto titulado Evaluación de necesidades psicosociales en refugiados y solicitantes de asilo

Trauma en refugiados y víctimas de guerra



Se considera refugiado a “una persona que, debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país; o de quien, por no tener nacionalidad y estar fuera del país de su antigua residencia habitual como resultado de tales eventos, es incapaz, debido a tal miedo, de estar dispuesto a volver a éste” (Convención sobre el Estatuto de los Refugiados; ONU, 1951)
Las personas que han solicitado asilo en países de la Unión Europea y concretamente en España ha crecido notablemente desde 2011, principalmente por el conflicto ucraniano y sirio. Así, 1.287.100 de personas pidieron por vez primera asilo en la Unión Europea entre enero de 2015 y enero de 2016 (Oficina Estadística de la Unión Europea, 2016).
No obstante, Europa no es el único lugar de destino de los refugiados, así por ejemplo, son cientos los que han llegado en los últimos años a Chile, un 50% de ellos procedentes de zonas en conflicto de Colombia, pero también de Afganistán, Siria o Palestina.
Los solicitantes de asilo en Europa proceden principalmente y en este orden de los siguientes países: Siria, Ucrania, Mali, Argelia, Palestina, Nigeria, Pakistán, Somalia, Venezuela e Irak (Comisión Española de Ayuda al Refugiado, 2014).
Al margen de cuál sea la resolución de la solicitud de asilo; esto es, que sean reconocidos como personas refugiadas, reciban protección internacional o protección subsidiaria, la realidad es que estas personas se han expuesto a un proceso de migración que lleva implícito una serie de fases en las que experimentan una sucesión de estresores y situaciones que les pueden marcar en lo sucesivo (Zimmerman, Kiss y Hossain, 2011).

Menores refugiados se prostituyen en Grecia para pagar un improbable viaje a otro país europeo

theguardian

  • Un informe de la Universidad de Harvard afirma que muchos menores refugiados en Grecia venden sus cuerpos para reunir el dinero que exigen los traficantes por un viaje a otros países europeos
  • El precio medio de una transacción sexual con un niño es de 15 euros. La mayoría de las víctimas son afganos, sirios, iraquíes e iraníes
  • Algunos de los niños que venden sexo se vuelven adictos a las drogas, haciendo aún más improbable que sean capaces de pagar a los traficantes
   
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La hipotermia y el frío amenazan a los refugiados en su ruta por los Balcanes
“Este informe documenta un aspecto impactante y generalizado de la
actual crisis de refugiados: la exposición de los menores a la explotación
sexual como estrategia de supervivencia”, explica una de las autoras. EFE

Son  menores refugiados no acompañados, varados en Grecia y desesperados por llegar a Reino Unido y otras partes del norte de Europa. Y de acuerdo con un informe de la Universidad de Harvard, están siendo forzados a vender sus cuerpos para pagar a traficantes que prometen ayudarles en sus viajes.
El informe publicado esta semana por las profesoras Vasileia Digidiki y Jacqueline Bhabha, del Centro por la Salud y los Derechos Humanos de la universidad, describe una “creciente epidemia de explotación sexual y abuso de los menores refugiados en Grecia”.
El informe dice que muchos refugiados menores provenientes de zonas de conflicto como Siria, Afganistán y Pakistán que intentan cruzar Europa están atascados en Grecia y no pueden permitirse las tasas de los traficantes para desplazarlos. Como resultado, algunos de los menores se ven obligados a vender sexo para tratar de financiar sus viajes.
“Ya no se puede ignorar esta emergencia. Ya no podemos sentarnos sin hacer nada mientras se abusa de los menores refugiados y se ven obligados a vender sus cuerpos a plena luz del día y a la vista de todo el mundo en el corazón de Atenas simplemente para sobrevivir”, señala Digidiki.
“Es nuestra responsabilidad como seres humanos afrontar esta emergencia sin rodeos y tomar medidas inmediatas en todos los niveles para acabar con esta cruel violación de la dignidad y los derechos humanos”, añade la autora.
El informe detalla que el precio medio de una transacción sexual con un niño es de 15 euros. La mayoría de las víctimas son chicos afganos, sirios, iraquíes e iraníes. Los clientes son principalmente hombres de 35 años o más.
Los traficantes a menudo cobran miles de euros para trasladar a gente por Europa y, a pesar de vender sexo, las tarifas de los traficantes están fuera del alcance de muchos menores.

Suspensión del sistema de acogida

El Ministerio de Interior británico no ha respondido a las preguntas de cuántos refugiados menores ha transferido últimamente bajo la sección 67 de la Ley de Inmigración, conocida como la enmienda Dubs, según la cual un cierto número de menores refugiados no acompañados serán trasladados a Reino Unido.
Las organizaciones benéficas que trabajan en defensa de los menores refugiados que quieren buscar asilo en Reino Unido  han criticado al Gobierno británico por suspender, en marzo, el esquema Dubs tras acoger a 350 menores a través del programa. Los activistas esperaban que hasta 3.000 menores se beneficiasen de esta medida.
El Gobierno tampoco ha comentado el número de menores trasladados bajo las regulaciones de Dublín III (reunificación familiar). Se cree que el año pasado, tan solo cinco menores fueron trasladados de Grecia e Italia a Reino Unido bajo las regulaciones de Berlín.
De acuerdo con los datos de 2016 de agencias griegas de protección de menores, se  recibieron referencias de 5.174 menores migrantes no acompañados. Este es el grupo con mayor riesgo de explotación sexual. Pero a finales de diciembre de 2016, solo 191 de ellos habían sido trasladados a otros países europeos. Casi el 50% de los menores no acompañados en Grecia están esperando a ser reasentados en alojamientos especializados para menores.

La negativa a darles protección

“Lo que enfatizan estas cifras es el rechazo de muchos países europeos de dar a los menores refugiados un hogar seguro y permanente”, afirman las autoras del informe. El documento desvela que, aunque las autoridades griegas han adoptado medidas adecuadas para los menores migrantes vulnerables en campos y centros especializados, muchos de ellos no tienen acceso a estas instalaciones más seguras y están en riesgo de explotación y violencia.
El informe señala que en Grecia hay mucha explotación sexual tanto en el entorno rural como en el urbano. También revela que algunos de los niños que venden sexo se vuelven adictos a las drogas, haciendo aún más improbable que sean capaces de pagar a los traficantes para salir de Grecia y continuar con sus viajes.
El informe pide que se acabe con la detención de menores refugiados en Grecia, solicita más refugios especializados para menores que han sufrido abusos, un sistema legal de custodia mejorado, una recogida de información sobre menores refugiados más eficiente, traductores independientes y zonas separadas en los campos de refugiados para menores y para familias.
El documento concluye que ha habido “un fracaso de protección dramático que afecta a un destacado número de menores migrantes y refugiados en Europa”. El informe identifica también la violación y otras formas de acoso sexual a menores en los campos, un aumento en el matrimonio infantil y el chantaje a algunos menores que han sufrido abusos y de los que los grupos mafiosos tienen fotos humillantes. Los criminales amenazan con enviar las fotos a las familias de los menores no acompañados.
“Este informe documenta un aspecto impactante y generalizado de la actual crisis de refugiados: la exposición de los menores a la explotación sexual como estrategia de supervivencia”, explica Bhabha. “Es fundamental que los organismos regionales e internacionales aborden esta emergencia de protección de menores replanteando su estrategia con uno de los grupos de inmigrantes más vulnerables y asignando inmediatamente los recursos humanos y financieros necesarios para revertir la situación actual”.
Un portavoz del Ministerio de Interior británico afirma: “En 2016 transferimos a unos 900 menores no acompañados desde Europa a Reino Unido, incluidos más de 750 desde Francia como parte del apoyo de Reino Unido al cierre del campo de Calais. 200 niños ya han llegado a Gran Bretaña gracias a las sección 67 de la Ley de Inmigración de 2016. Otros 150 serán reasentados en los próximos meses. Ya hemos dicho antes que no comentaremos las cifras de este programa así que estas son las únicas estadísticas que publicamos”.
Traducido por Javier Biosca Azcoiti

Morir de hambre en el Sahel huyendo de Boko Haram

La desnutrición planea sobre decenas de miles de personas que permanecen refugiadas en el desierto

Diffa (Níger) 


El doctor Brah Hassan es el único médico que atiende el campo de refugiados de Tomour, en el sur de Níger. Tomour es uno de los muchos campos sobre el desierto en donde se resguardan miles de huidos de la guerra de Boko Haram.
PABLO TOSCO
Explica Hassan que en Tomour viven 40.000 refugiados y que no hay suficiente comida, agua ni medicinas para todos. Explica también que casi todos los niños tienen malnutrición severa. Que casi todo el mundo en Tomour come una vez al día. Que la malaria y la diarrea ya son epidemia. Que en los últimos cuatro meses se le han muerto 13 bebés por desnutrición. Y que muchísimos adultos sufren, además de hambre, estrés postraumático y no duermen durante días. “Es el problema de la guerra. Es culpa de Boko Haram”, dice. “Imagínate lo que ha pasado esta gente para tomar la decisión de venir a refugiarse aquí, un sitio en el que no hay más que arena”.
Una carretera discurre paralela a la frontera con Nigeria. Es una de las pocas asfaltadas de la región de Diffa, al sureste de Níger, y comunica la ciudad de Diffa con el Lago Chad. El camino atraviesa durante 90 kilómetros el desierto del Sahel. La arena se desliza sobre el asfalto como una piscina que se desborda. Apenas hay un solo kilómetro en el que, a los lados, no se puedan ver cabañas o improvisadas tiendas de campaña. Donde antes no había nada, ahora hay miles.
Se suceden mientras se avanza por un territorio en el que las incursiones y ataques de Boko Haram se repiten casi a diario. Detrás de las cabañas, perfiladas sobre la arena del desierto, se distinguen las siluetas de refugiados, envueltas en la ventisca de arena y polvo, caminado dudosos. Son los que han huido de la violencia desde Nigeria. Los que han cruzado la frontera y han venido a vivir al desierto de Níger. A sobrevivir al desierto de Níger.
Tras una hora de marcha, el todoterreno abandona el asfalto y se adentra en campo abierto. El conductor acelera, nervioso. A solo diez kilómetros hay un bastión de la milicia de Boko Haram. “Ayer atacaron. Mataron a cinco, les robaron las vacas”, dice mientras derrapa sobre la arena.

Una madre refugiada con su hijo en el campo de Sayan, Níger.

El campo de Tomour aparece de repente, como un espejismo. Surge en forma de cabañas de paja y casas de barro. Niños cubiertos de tierra y con el vientre hinchado contemplan la llegada del vehículo. Las cabañas, reforzadas con lonas de Acnur, dibujan callejuelas. Siguiendo una de ellas se llega a la choza de Maimuna Mussa. Tiene 30 años, está sentada en el suelo, en el centro de su endeble casita. En brazos tiene a Aisha, un bebé de 14 meses con el tamaño de uno de cuatro. Llora afónico.
Aisha padece malnutrición. El 80% de los niños menores de cinco años de este campo la padecen, según explica el médico local. La cara del bebé se perfila como si fuera un adulto. Ni se inmuta cuando las moscas se posan sobre sus ojos abiertos o amagan con entrar en su nariz. Maimuna explica que el pequeño Aisha, el menor de los siete hijos que tiene, come una vez al día. “Desde que llegamos, hace unos meses, le estoy dando dudu”, dice. Se refiere a una especie de puré de maíz. “Se lo doy por la mañana y ya no come nada más durante el día. A mí no me queda leche”. Por eso, afónico, Aisha llora.

El país atrapado

Níger es un país trampa. Antes de la llegada de los europeos a África, este territorio era una zona de trashumancia, una zona inhabitable a la que acudían por épocas poblaciones nómadas. El colonialismo dibujó una frontera sin sentido que separó Nigeria (bajo control británico) de Níger (control francés). La población nigerina quedó atrapada en un estado artificial trazado sobre el desierto del Sahel, sin recursos, sin tierra fértil, sin agua. Níger es hoy, y según el Índice de Desarrollo Humano (IDH), el país más pobre del mundo: según datos de Naciones Unidas, el 45% de su economía depende de las donaciones de otros países. El 84% de su población es analfabeta. Y, lo más significativo: el sector más presente en su economía es el de la subsistencia. Es decir, casi todo el mundo en Níger cultiva, trabaja o cría ganado sin ánimo de sacar beneficio, sólo sobrevivir. Níger no avanza, permanece.
Toda su zona central y septentrional es puro desierto controlado por los tuareg y donde, desde hace años, impera la ley de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI). Casi toda la población se agolpa en el sur a donde, huyendo del conflicto de Boko Haram, han llegado en los últimos meses -y según estimación de Naciones Unidas- unos 200.000 refugiados procedentes casi siempre del norte de Nigeria. Lo poco que había para la población local debe ser ahora compartido con estos nuevos vecinos. Y no llega para todos.
La región de Diffa, la que hace frontera con Nigeria, es a donde han acudido la mayoría de refugiados. Está militarizada para intentar frenar a Boko Haram, que realiza constantes incursiones desde Nigeria para hacerse con armas y víveres. Los check points controlan el tránsito, hay toque de queda a las nueve de la noche y está prohibido circular en moto: hace unos meses un suicida se lanzó con la suya contra el mercado del pueblo.
La región entera es una ventisca sostenida de arena que se percibe hasta en los dientes. El polvo y la sequedad arañan la piel. A esta zona solo se puede acceder a bordo de un vuelo humanitario que aterriza dos veces por semana. Diffa está lejos del resto del mundo.
Su capital tiene el mismo nombre y unos 23.000 habitantes. Las calles son de tierra y sirven tanto como para caminar como para montar un puesto de bananas, un taller mecánico, amontonar basura o defecar.
Según un informe de la ONG Oxfam, que trabaja sobre el terreno y organizó esta visita, la llegada de refugiados ha provocado en esta zona un nivel crítico de malnutrición, paso previo a la emergencia por hambruna. Níger es el patio de atrás del conflicto de Boko Haram.

Oleadas en el desierto

Uno de los campo de refugiados de la frontera es Sayan, levantado sobre la arena a una hora de distancia de Diffa capital. Desde el año 2014, unas 8.000 personas viven ahí. Más allá de las últimas cabañas, el desierto se pierde hasta el horizonte salpicado de arbustos sucios de polvo.

GRÁFICO | El territorio de Boko Haram
“El problema de vivir aquí es que no tenemos nada que hacer”, explica Makinta Usmane, un padre de familia de 40 años. “Mira dónde estamos: en medio de la nada. No podemos trabajar, ni cultivar. Dependemos de una ONG que nos trae comida. Esto es como una cárcel”.
Vestido con una camiseta raída del Barça, Sheibu Musa, de 16 años, llegó hace un año a Sayan. Lo hizo tras haber sido reclutado a la fuerza por Boko Haram. “Llegaron a la hora del rezo y dispararon. Yo estaba en casa con mi padre y nos encerramos”. Al cabo de un día llamaron a la puerta. “Vi por debajo unas botas militares. Creía que eran soldados, que habían venido a ayudarnos, así que abrí”, dice Sheibu riendo, como burlándose de sí mismo por haber pensado aquello. “Cuando abrí la puerta me encontré a dos tipos barbudos, con armas en la espalda. Y le dije a mi padre: no son soldados”.
Los milicianos de Boko Haram separaron a los jóvenes del pueblo y los aislaron en un campamento cercano. “A algunos les obligaron a irse a luchar. A mí me asignaron un grupo de niños de seis y siete años y tenía que enseñarles a leer el Corán”. Al padre de Sheibu lo dejaron recluido en casa. “Yo le llevaba comida todos los días con permiso de los milicianos. Cada vez que llegaba, mi padre me decía: ‘escápate’. Pero yo no quería dejarlo solo”. Hasta que Sheibu tomó la decisión. Se desvió del camino tras despedirse de su padre y huyó. Hoy vive solo en Sayan. “Lo dejé atrás”, dice con culpa en el susurro.
Los refugiados llegan en oleadas. Los militares nigerinos, apoyados por el ejército de Chad y entrenados por Estados Unidos y Francia, les dejan cruzar la frontera. Están coordinados con el ejército de Nigeria y, según los medios locales, se prepara desde hace meses una gran ofensiva para intentar reducir al mínimo la presencia de Boko Haram. El secretismo impera: el gobernador de Diffa, Dan Dano Mahamadou, declina hacer comentario alguno.
Tampoco admite lo que casi todos en Diffa saben: que en el mismo pueblo existe un centro de detención -llamado centro de rehabilitación- para combatientes de Boko Haram. Una suerte de cárcel donde se hacinan unos 300 detenidos, muchos de ellos menores. Todos expuestos a la justicia paralela que se le antoje aplicar al ejército. Está rotundamente prohibido visitar el lugar, que puede verse solo a distancia. Unicef lleva meses solicitando intervenir, pero le deniegan la supervisión. La semana pasada entraron en el centro 130 jóvenes, todos ellos vecinos de Diffa. A ojos de Níger, son prisioneros de guerra.

Huir con lo puesto

El trayecto desde Nigeria hasta los campos de refugiados no es sencillo. Quien huye lo hace sin ni siquiera un amago de equipaje. Han salido corriendo y, tal cual, deben caminar durante cuatro o cinco días hasta la zona donde les han dicho que hay más como ellos. Zeinabu Usmane llegó al campo de Kingani hace unos meses. Kingani se levanta en la cuneta de la carretera paralela a la frontera. Está a cinco días de trayecto de Yebi, la aldea de la que salió. Hoy la ventisca de arena no deja casi abrir los ojos en Kingani. Zeinabu nos invita a pasar a su cabaña.

Una madre alimenta a su hijo con desnutrición en un campo de refugiados.

Se escapó con sigilo con sus dos hijos por la parte de atrás del pueblo mientras Boko Haram arrasaba el otro lado, en el que se encontraba su marido. “Dormimos la dos primeras noches en el bosque hasta que decidí regresar al pueblo a recoger algunas cosas. Así pudimos comer algo”.
Zeinabu también se hizo con un carrito con ruedas en el que subió a sus hijos. Y comenzó a empujar. Durante los tres últimos años la escena se repite: miles de familias huyendo a pie de la guerra. “Yo nunca pensé que esto pasaría”, dice Zeinabu colocándose el hiyab. “Escuchaba por la radio lo que pasaba en Maiduguri (capital del estado de Borno, en Nigeria), pero nunca creí que llegaría a mi zona. Siempre he tenido una vida tranquila. Jamás pensé que podría encontrarme en una situación así, refugiada, sin comida, sin ropa. Nunca pensé que este horror llegaría”.

FOTOGALERÍA  | Imágenes de Pablo Tosco | Protagonistas del horror del grupo yihadista



En el infierno de Boko Haram

EL PAÍS viaja al Estado de Borno, en Nigera, territorio del grupo terrorista Boko Haram. Allí, 1,5 millones de personas se agolpan sin apenas comida ni agua en los pocos pueblos que controla el Ejército



Maiduguri (Nigeria)





En la región de Borno, norte de Nigeria, todo el mundo recuerda el momento en el que vio por primera vez a los milicianos de Boko Haram. “Fue un lunes”, dice una mujer. “Eran las tres de la madrugada”, dice un chico. “Era martes, después del rezo”. Todos saben la hora, el día y lo que estaban haciendo en ese momento. El momento en el que irrumpió Boko Haram en sus vidas.




En el caso de Fatana Abdul (nombre ficticio) era jueves. Con un hiyab azul, un hilo de voz y sentada en el suelo de la tienda de campaña de un campo de refugiados, cuenta que era la una de la madrugada cuando Boko Haram llegó a su aldea en la región de Marte. "Llevaba varias noches durmiendo mal. Me encontraba enferma, como un mal presentimiento. Esa noche tampoco estaba durmiendo", dice. Y en su desvelo escuchó, a lo lejos, disparos. "Enseguida oí también ruido de motos y gritos". Habían llegado.
Los milicianos entraron desbocados en la aldea de Fatana. "Disparaban sin parar", recuerda. Abrazada a su familia, Fatana esperaba en su casa lo inevitable. "Agarraron a mi marido y... -hace una pausa- y le cortaron la cabeza delante de mí. Después me agarraron y me llevaron con ellos". Atrás dejó a sus dos hijos, de 7 y 9 años, a los que nunca ha vuelto a ver. En unos minutos su vida se rompió. Fatana estuvo tres meses secuestrada por Boko Haram.
“¿Qué pasó después, cuando te llevaron?”. “Eso no te lo puedo decir. Lo que pasó luego no te lo puedo decir”. Sí cuenta Fatana que, el segundo día de su cautiverio, la declararon esposa de un combatiente. Y habla también de las que eran sus obligaciones: junto a otras cien mujeres, tenía que cocinar, lavar la ropa y mantener en orden y limpio el campamento donde las retenían. También cortar leña. Por la noche, dormir con su nuevo marido.
"No me atrevía a quejarme, a pesar de que estaba muy cansada, con dolores. Si alguna se quejaba, le pegaban. Nos recordaban todo el tiempo que éramos esclavas", explica Fatana. “Me vistieron con un burka negro y unos calcetines negros que daban mucho calor”.
Las reglas eran estrictas: “Si nos cruzábamos con algún hombre teníamos que detenernos y mirar al suelo. Sólo podíamos hablar si nos preguntaban algo. Nos hacían rezar cinco veces al día. A las mujeres embarazadas o mayores las vendían”. “¿Mayores?”. “Sí, de 30 o más. No les sirven como esposas, así que las vendían como ganado”.




FOTOGALERÍA  | Imágenes de Pablo Tosco | Los rostros de las víctimas
Había consecuencias para quien no cumplía lo estipulado. “Una vez que eras declarada mujer de uno de ellos no podían matarte. Pero sí podían matarte si los rechazabas. Si te niegas a casarte, te matan de un disparo. Si te niegas a dormir con ellos, te cortan el cuello”. “¿Aun así, alguna se negó?”. Fatana asiente.
Cuenta Fatana que, por las noches, la mayoría de los miembros del grupo se iban para combatir. Era entonces cuando aprovechaban para hablar entre ellas con susurros. “Hablábamos de nuestras vidas anteriores, de nuestros maridos verdaderos. También planeábamos escaparnos”. En una de esas noches, mientras los hombres rezaban, Fatana y otras dos mujeres se alejaron por el bosque y escaparon. Se cruzaron con una patrulla del Ejército y fueron trasladadas a un campo de refugiados. Vive allí en la actualidad, sola y con una cicatriz en la pierna que certifica haber sido propiedad de Boko Haram. “Me la hicieron con un cuchillo”, cuenta. Una niña de nueve años que escucha pide enseñar también su marca. Se remanga la falda y muestra una profunda cicatriz en su pierna delgada.

El sinsentido

Nigeria es, a día de hoy, la primera economía de África y un país partido en dos. El sur es cristiano, occidentalizado en sus áreas urbanas y con recursos naturales e industriales. El norte es musulmán, la ley vigente es la Sharia, suelo desértico sin recursos y tasas de pobreza, analfabetismo y desempleo a la altura de las regiones más deprimidas de África. Uno de los Estados más castigado es Borno. Y en Borno nació Boko Haram, que podría traducirse como "La educación occidental es pecado".
Fue en el año 2002 en Maiduguri, su capital, una ciudad de un millón de habitantes de calles sin asfaltar, niños descalzos mendigando y mercados abarrotados junto a desguaces improvisados donde se agolpan camiones y coches abandonados. Maiduguri es gris y negro, cubierto de arena y polvo.



En origen, Boko Haram fue un movimiento islámico radical dedicado a asistencia social, adoctrinamiento y protestas constantes contra el Gobierno central, al que recriminaban la corrupción, el abandono y los desmanes del Ejército. “En ciudades de Borno como Gowle, el 80% de los vecinos se mostraba hace solo unos años partidario de Boko Haram. En Maiduguri casi un tercio simpatizaba”. Lo cuenta el jefe de seguridad de una ONG presente en la zona.
Ustaz Mohamed Yusuf era el líder entonces y en el año 2009 decidió revolverse en armas contra el Gobierno. Terminaría ese año ejecutado por la policía en un callejón de Maiduguri. Heredó el cetro Abubaker Shekau, actual líder y quien, en el año 2011, cambió el rumbo del grupo hacia el sinsentido. Hacia la violencia extrema. Arrancó la guerra.
Durante el conflicto, Boko Haram juró lealtad a Al Qaeda y se hizo globalmente conocido en el año 2014 por el secuestro de 200 niñas en una escuela de Chibok (pueblo de Borno a unos 100 kilómetros de Maiduguri) que promovió aquello de #bringbackourgirls (la mayoría de aquellas niñas jamás ha vuelto y representan una ínfima parte de las 10.000 mujeres y niñas que, según el Gobierno nigeriano, Boko Haram ha secuestrado desde el inicio de la guerra). Finalmente, en el año 2015, se declararon filial del Estado Islámico.
Desde que Shekau tomó el control y arrancó el conflicto, Boko Haram ha dejado de dar asistencia, de adoctrinar y de protestar contra el Gobierno. Las acciones se reducen ahora a mantenerse activos en la contienda: asaltan aldeas y pueblos para conseguir víveres, secuestran hombres para hacerlos combatientes y mujeres para esclavizar, atacan convoyes militares para lograr armas y matan a todo aquel que no se pliega a su forma de pensar. Su objetivo final es instaurar un califato.
El conflicto está mediáticamente opacado por la tragedia de Siria, pero prosigue crudo y sin tregua en el norte de Nigeria. Afecta también al resto de países de la cuenca del lago Chad: Níger, Chad y Camerún, donde se suceden los ataques.






La mayor parte del territorio del Estado de Borno -epicentro de la crisis- se encuentra hoy bajo control de Boko Haram. Sólo las 28 principales ciudades y pueblos del Estado permanecen manejadas por el Ejército, incomunicadas entre sí, inalcanzables por carretera. Como islas. Fuera de ellas, los combatientes islamistas se mantienen en movimiento y dominan el terreno. Cuando el Ejército aprieta, se refugian en santuarios como el bosque de Sambisa, al sur de la capital, o en la zona fronteriza con Camerún. Desde allí llevan a cabo emboscadas e insisten en intentar tomar algunos de estos 28 pueblos a salvo. Es una guerra tan declarada como desconocida.
Cada día son asesinados, secuestrados o reclutados decenas de vecinos de las zonas rurales de Borno que no han abandonado a tiempo sus casas. Alrededor de pueblos como Rann o Pulka -controlados por el Ejército y, actualmente, frentes de batalla- el intercambio de fuego es intenso, con los combatientes de Boko Haram intentando tomar las localidades a la fuerza. ONG como Oxfam, que organizó esta visita, tienen que llevar víveres cada semana a estos pueblos en helicóptero. Un cooperante asegura que el aislamiento está dejando al menos 200 muertos cada semana en estos lugares, ya que en la mayoría de estos 28 santuarios se agolpan miles de desplazados, huidos de las aldeas atacadas, confiando en que Boko Haram no rompa el cordón militar que les protege. Y luchando por conseguir un agua y una comida que ya eran escasas antes de su llegada.
En total, son 1,4 millones las personas que han tenido que abandonar sus aldeas para refugiarse en esta suerte de islas urbanas vacías de recursos. El escalofrío llega cuando un periodista nigeriano especializado en Boko Haram y que pide no publicar su nombre explica que, aproximadamente otro millón y medio de personas permanecen todavía en el interior del Estado, lejos de las ciudades protegidas. “Algunos están escondidos, me pregunto alimentándose de qué; otros viven en aldeas controladas por Boko Haram obligados a obedecer. Son los olvidados”.
Cuando se sobrevuela el Estado de Borno se pueden ir viendo, sobre el terreno marrón y arenoso, las aldeas quemadas y destruidas. El dibujo de una región arrasada, abandonada, inhóspita.
Y pese a ello, en cada pueblo y aldea, aunque minoritarios y silenciosos, todavía existen simpatizantes de Boko Haram. Casi siempre jóvenes sin educación, trabajo ni modo de vida que ven en afiliarse a la causa terrorista una salida. En el sur de Maiduguri, la capital, hay ataques y atentados casi cada semana. Y son llevados a cabo por chavales de la ciudad. En los pueblos hay bombas y disparos casi a diario. Siete militares murieron la semana pasada en una emboscada. “Pero no se sabe mucho fuera de aquí porque esto se ve como un problema local”, explica el periodista nigeriano. “Boko Haram no ha atentado en Occidente ni tampoco pone en peligro recursos para la exportación. Por tanto, no hay intervención como sí la hay en Siria o Irak”.

Esclavos de Boko Haram

Naciones Unidas estima en siete millones el número de víctimas del conflicto en términos humanitarios. Unos 5 millones de personas están en riesgo de hambruna. Aproximadamente 2,5 millones están fuera de sus casas, desplazados o refugiados en los países vecinos. Unas 150.000 personas han sido asesinadas. Al menos 2.000 han muerto de hambre sólo en Borno.
Más de 10.000 mujeres y niñas han sido secuestradas: casi todas violadas, muchas obligadas a casarse con combatientes y otras, casi siempre niñas, empujadas a suicidarse en mercados o mezquitas con chalecos explosivos adosados a sus cuerpos.

Mujeres refugiadas hacen cola en un campo de refugiados para acceder a un kit de higiene.


Tagana Goni Ali tiene 29 años. Es de Muntina, una de las miles de aldeas vacías de Borno. Huyó de ella cuando entró Boko Haram, a tiros, hace un año y medio. Ahora vive en Kawar Maila, el barrio paradoja: se trata de una zona de la ciudad de Maiduguri en la que la mayoría de vecinos simpatizaba con Boko Haram. El Ejército los sacó de allí y las casas vacías las ocupan ahora desplazados como Tagana.

Es un barrio de chabolas, casas semiderruidas, basura acumulada, canales de agua marrón y cabras comiendo entre los niños que juegan descalzos. “Antes vivía en una casa bonita, teníamos comida y dinero. Ahora no tenemos nada, pero estamos seguras aquí”. Tagana salió corriendo con su bebé en la espalda cuando llegó “la insurgencia”, como ella los llama. En brazos llevaba otra hija, de seis años. El peso le hizo caer y sus perseguidores, tal y como la propia Tagana relata, comenzaron a golpearla en el suelo con palos y las culatas de las armas. El bebé fue el involuntario escudo. Murió por los golpes. A la otra hija se la llevaron. No la ha vuelto a ver.
A las afueras de la ciudad, no muy lejos del barrio de Tagana, se extiende el campo de desplazados más grande de Borno. En Muna Garage viven unas 32.000 personas. Sobre el polvo se levantan cabañas, se suceden improvisados corrales de vacas esqueléticas y un grupo de mujeres espera bajo un árbol a ser interrogadas: acaban de llegar al campo, sin marido, y son sospechosas de ser esposas de combatientes.
Ridwen Ehmid es uno de los obligados vecinos de Muna Garage. Tiene 44 años y era profesor de inglés en Gashajar, su pueblo natal, muy cercano a la frontera con Níger. Es un hombre robusto, de barba blanca y ojos vivos con facilidad para humedecerse. En su tienda de campaña, sobre varias alfombras amontonadas, cuenta cómo fue el día en el que llegó Boko Haram a su aldea. “Era muy temprano y yo iba caminando hacia la escuela. Escuché un disparo, pero como normalmente había soldados alrededor del pueblo, no le presté atención”. Después llegaron más disparos y los gritos que paralizaron el rostro de Ridwen. “¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! [Alá es el más grande]. Eran ellos”.



Era enero de 2015 aquella mañana en la que llegó Boko Haram. “Yo tuve suerte porque tenía móvil. Así que llamé a mi mujer y le dije que cogiera a los niños y saliese corriendo del pueblo”. Ridwen también empezó a correr. Todo el mundo empezó a correr.
“A ver cómo te lo explico”, dice Ridwen rascando el suelo con su dedo. “Los chicos de Boko Haram entraron en el pueblo disparando a todo. A cualquier cosa. A niños, a mujeres, a todo. Y todos corriendo, gritando, saltando. Una estampida. La gente se tropezaba, saltaba o caía muerta. Gritaban”. Ridwen se dirigió hacia el río Komadugu Yobe, que marca la frontera entre Nigeria y Níger. “La gente se lanzaba para cruzar. Detrás nos perseguían los milicianos, disparaban. Del otro lado estaba el Ejército esperando para ayudarnos”. La mujer y los hijos de Ridwen estaban allí y cruzaron juntos con el impulso del pánico. “Alrededor veía cómo se hundían algunas personas que no sabían nadar. Una mujer desapareció bajo el agua cuando le alcanzó una bala. Cuando logramos llegar al otro lado, los de Boko Haram se dieron la vuelta y regresaron al pueblo”.
Se fueron Ridwen y los demás supervivientes con lo puesto. Así es como huyen todos de Boko Haram. La milicia irrumpe en las aldeas y la gente huye en estampida sin tiempo de llevarse nada. Y sin nada llegan a pueblos vecinos, asentamientos o campos de refugiados. Ridwen y su familia se instalaron en Muna Garage. “Ahora no tenemos nada -dice Ridwen-. Se lo llevó todo el viento”. Toma aire. “Son el mal”.

La generación perdida

Antes de que estallara el conflicto, las fronteras entre Nigeria y sus vecinos eran permeables. Los habitantes las consideraban anécdotas y las atravesaban a menudo para visitar familiares de la misma etnia o acudir a mercados. Hoy están militarizadas. Y las carreteras y caminos inutilizados. Las rutas han quedado en suspenso. Los comerciantes se han arruinado. Los campesinos no pueden cultivar para subsistir. La vida ha quedado interrumpida en la cuenca del Lago Chad.




Un hombre reza en el campo de refugiados de Muna Garage, en Maiduguri.
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En la zona hablan de la generación perdida. Toda una remesa de niños que no acudirá a la escuela. Toda una franja de población cuyo único objetivo es sobrevivir.
Jakkana es una aldea a unos 25 kilómetros de la capital Maiduguri. Está fuera de la zona de control militar, pero hace meses que no es atacada por Boko Haram. La carretera hasta alcanzar el pueblo está plagada de baches. El paisaje se vuelve desértico, con casas abandonadas, gasolineras destrozadas y grupos de jóvenes armados. Son miembros de la Civilian Joint Task Force (CJTF), una milicia compuesta por vecinos de la zona que apoyan al Ejército contra Boko Haram.
En el check point que han dispuesto a la entrada de Jakkana, los chavales esperan con fusiles y machetes. Uno de ellos se llama Mohamed Goni. No recuerda su edad. Asegura que no cobra por ser un banga, como se denomina a estos milicianos. “Lo hago para proteger al pueblo”. “¿No tienes miedo?”. “No. Son seres humanos, como yo”. Y la respuesta permite saber que, en Borno, no poca gente considera a Boko Haram una suerte de demonios, de violentos seres sobrenaturales.
Jakkana muestra su depresión: pendiente de no volver a ser atacada, el pueblo discurre a lo largo de una carretera gastada que acumula basura en las cunetas. No hay agua corriente y la electricidad llega de vez en cuando. El sol se alía con la arena y el viento para impedir abrir los ojos.
Un chico llamado Abdul Kadir Musa cuenta que tuvo que dejar Boboshe, su aldea, y refugiarse en Jakkana después de un ataque de Boko Haram. Habla con las manos colgando, inútiles, como si fueran dos pesos muertos. Abdul tiene 20 años y apenas se le escucha al hablar.
Cuenta que, cuando los chicos de Boko Haram llegaron a Boboshe, no le dio tiempo a salir corriendo. “Me cogieron, me ataron con los brazos a la espalda a un poste de madera. A los pocos ancianos que quedaban en la aldea les dijeron: quien lo desate, lo matamos. Y se fueron”. Abdul estuvo unas 20 horas sujeto. “Yo lloraba y gritaba, me dolía mucho. Finalmente, un anciano me desató. Y me escapé”. Abdul no puede mover los brazos. En las vendas que cubren sus muñecas se amontonan las moscas.
Dicen en Nigeria que el próximo mes de mayo van a sacar a Fatana, Ridwen, Abdul y a todos los demás desplazados de los 28 pueblos donde están refugiados y los van a llevar a campos que el Gobierno está construyendo. Dicen también en Nigeria que no le ven final a la guerra. La guerra que casi nadie conoce.

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“La casa se estremecía con cada bomba”

3.000 vecinos de Alepo este que nunca abandonaron sus hogares han vivido cuatro años bajo el control insurrecto para retornar al del Ejército sirio.


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“No teníamos ni dinero ni adonde ir. Decidimos que moriríamos aquí antes que convertirnos en vagabundos”. Lo cuenta Amar Miro, un sirio de 51 años que, como el hijo soltero, decidió permanecer en su ciudad, Alepo, para cuidar a su madre, de 70. La familia Miro es parte de los 3.000 vecinos que nunca abandonaron la mitad oriental de Alepo, último reducto insurrecto, evacuado tres semanas atrás. Estas gentes sencillas y de magra economía se consideran un accidente geográfico del conflicto. Desde las ventanas de sus casas han visto llegar a los rebeldes en 2012, convivido con ellos durante cuatro años, hasta que las tropas regulares retomaron el control.

Una pareja de ancianos regresa a la ciudad vieja de Alepo
después de los combates para ver cómo ha quedado
su barrio. Natalia Sancha EL PAÍS
De las poco más de 100.000 personas que quedaron cercadas desde el pasado mes de julio en este puñado de barrios, 70.000 buscaron refugio en las zonas bajo control del Gobierno de Damasco. Otras 30.000, 7.000 combatientes armados y sus familias, fueron evacuadas gracias a un acuerdo a Idlib, última capital de provincia en manos insurrectas. Previamente, otras 250.000 habían sido desplazadas de sus casas con la entrada de los insurgentes. Los relatos de la vida en la Alepo oriental difieren entre barrios, según el grupo armado que reinó en sus calles.
Desde que entraran los insurrectos, cuatro generaciones de la familia Miro, diez personas en total, han permanecido en su hogar en el barrio de Kallaseh. “Los del Ejército Libre Sirio eran hijos del barrio conocidos por todos”, dice Amar Miro. Un tal Khaled Sandi se presentó como el nuevo emir de la zona. Lo primero que hizo fue ejecutar uno por uno a los varones, aquellos otros hijos del barrio que trabajaban para el Gobierno. Peinaron las casas en busca de soldados y funcionarios.
Con los frentes estancos durante dos años, esta familia prosiguió su vida conviviendo con los armados. Podían moverse e incluso cruzar a la zona bajo control del Ejército regular para visitar a familiares. Ahmed Miro, de 10 años y sobrino de Amar, acudía a la escuela del barrio, donde estudió el Corán, la ley islámica y matemáticas. Pero desde 2014, los combates repuntaron esporádicamente saturando de lápidas los cementerios. “Pasamos hasta dos meses sin salir del sótano. La casa se estremecía como un flan con cada bomba”, solloza Fathie, la abuela de Ahmed. La septuagenaria añora la vida de preguerra, consciente de que los años que le quedan nunca serán como los de antes.
“Cuando las cosas se ponen feas es cuando descubres a la gente de verdad”, repiten los vecinos de Kallaseh. Los letrados, los médicos y los ingenieros de la guerra huyeron de los combates como todos aquellos de Alepo este que pudieron costearse convertirse en desplazados. Tan solo les quedaron un puñado de jóvenes médicos que nunca llegaron a graduarse.
En julio, el asedio de las tropas sirias sobre los barrios insurrectos se intensificó deteriorando las condiciones de vida. “Ya no había comida. Los armados nos daban un puñado de lentejas y pan duro cada dos meses de la ayuda que llegaba de fuera. Pero ellos tenían, vaya si tenían... Cuando se fueron descubrimos un almacén a rebosar en sus barracas”, interviene el cuñado de Miro. También comenzaron las rivalidades entre grupos armados “por cosas banales”, que en ocasiones derivaban en tiroteos.
Vecinos del barrio de Kallaseh, en Alepo oriental, regresan
a ver cómo han quedado sus hogares tras los combates
y cerco de cuatro años EL PAÍS

Peor suerte vivió el barrio de Al Sukkari, más al sur, que en el reparto de territorios quedó progresivamente bajo control de los ajanib (extranjeros, en árabe). Libios, saudíes y kuwaitíes llegados de los países del Cáucaso ampliaron las filas de los grupos yihadistas imponiendo estrictas normas a unas gentes con las que nunca antes convivieron. Muchos padres decidieron recluir a sus hijas mayores de 13 años en casa, para que ningún combatiente local o foráneo se encaprichara y tuvieran que entregarla de propia voluntad o por la fuerza. “A mi hija mayor se la llevó hace un año Al Nusra [antigua filial de Al Qaeda en Siria rebautizada como Fatá al Sham]”, cuenta una vecina, Faten. Desde entonces, al igual que muchas otras madres, no ha vuelto a saber nada de su hija.
Cargada con una bolsa de plástico y con vestido y velo llenos de polvo, Marwa y su cuñada regresan de ver por primera vez en cuatro años su casa, también en Al Sukkari. Ambas tienen un hijo en el Ejército, y ambas se congratulan de la victoria de las tropas sirias. Una sensación agridulce tras constatar que pasarán muchos meses hasta que puedan regresar. “La planta de arriba ha desaparecido junto con varias paredes. Nos han robado todo los terroristas, todo, hasta los marcos de las ventanas”, dice antes de proseguir camino al piso de alquiler donde se hacinan 20 familiares.

Edificios desaparecidos

En la humilde morada del barrio de Kallaseh nació Amar Miro hace 51 años, y allí creyó que moriría en diciembre cuando el Ejército lanzó la ofensiva final contra los rebeldes. La lluvia de bombas y morteros se intensificó, y aun así los Miro se negaron a subirse a los autobuses que evacuaban a los civiles. “Nos acostumbramos a vivir con la muerte y nos resignamos a la voluntad de Dios”, dice. Tardaron dos días en asomar la cabeza desde las escaleras que llevan al sótano, cuando una unidad del Ejército sirio inspeccionó su casa. Les dieron algo de comida y madera para calentarse y por primera vez en mucho tiempo se aventuraron entre las callejas del barrio. Edificios enteros habían desaparecido.
En las callejas colindantes a la Mezquita Omeya de Alepo
se libraron los útimos enfrentamientos entre insurgentes
y soldados regulares sirios. EL PAÍS
Con las piernas cruzadas sobre la alfombra, la vieja Fathie se sacude el frío junto a una estufa donde arden astillas de madera. En las calles, los niños hacen la señal de la victoria con la mano al paso de los soldados. En el sótano que les sirvió de refugio los Miro han dejado una cama y varias provisiones, “por si acaso”. A pesar del anuncio del fin de la guerra en Alepo capital y que las pintadas “El Asad o nadie” han reemplazado a las de los insurrectos, los alepinos saben que la guerra no ha terminado. A pocos kilómetros al sur se avecinan nuevas batallas donde combatientes armados y yihadistas aún controlan el 85% de la provincia.